Restaurante familiar con cocina tradicional. Es el típico restaurante en el que nada sobresale pero todo está bueno. Cambió de dirección hace algunos meses y ha mejorado.
Disponen de un salón interior grande con un ambiente muy agradable. Decoración campera, luz tenue… vamos que apetece comer allí. La carta es amplia y variada. En ella se mezclan platos de toda la vida como pollo frito o arroz con perdiz con ofertas más innovadoras como la ensaladilla frita. Hay que probar la carrillada en salsa.
Ofrecen también postres caseros entre los que destaca la poleá, caliente y recién hecha.
Los camareros son atentos y simpáticos. El precio es correcto. Acorde a la calidad.
Clasificación de la experiencia: buena. Hagan una visita a esta taberna.








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